¿Pinocho?

¿Pinocho?
De ningún modo, es el canshapito posando con una su mascarita de parachiquito

lunes, 28 de junio de 2010

Casa de citas (VII)


La guerra
Héctor Cortés Mandujano

En El vestidor (1983, dirección de Peter Yates, con Albert Finney y Tom Courtenay) un viejo actor de teatro, lascivo, caprichoso y tirano, especialista en obras de Shakespeare, comienza a confundir su mundo con los textos del bardo inglés. Cuando lo internan y lo van a inyectar para que duerma se exalta y avienta todo mientras declama un famoso diálogo de Macbeth, que cito de memoria: “Glamis no podrá dormir, Cawdor no podrá dormir, Macbeth no podrá dormir, Macbeth ha matado el sueño”; después confunde el maquillaje de Otelo (que era moro, de piel oscura) con el viejo rey Lear, cuya dificultosa puesta en escena ocupa buena parte de la película. El primer actor, sin embargo, no es la estrella de la cinta, de clara prosapia teatral, sino su ayudante, su vestidor.
Norman es un amanerado generoso, simpático, inteligente y el verdadero motor de la miseria humana (magnífico en las tablas, eso sí) que tiene como patrón. Pese al desconsuelo social (la cinta se ubica en los días de gloria de Hitler, en una Inglaterra capitaneada por Churchill) Norman es alegre y optimista: “El optimismo, le dice una de las actrices, es una enfermedad”. Tom Courtenay, el actor que lo encarna, es francamente magistral, como esta frase que Norman dice cuando le ordenan que salga a anunciar la función: “Mi memoria es como la policía: nunca está cuando la necesito”.

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Hace tiempo, y por algo que no viene al caso, leí El arte de la guerra, de Sun Tzu, y como si eso hubiera sido una convocatoria invisible sobre el tema leí casi en forma sucesiva varias novelas que tratan sobre lo mismo: la matanza de hombres por hombres, sin más pretextos que imponer el poder de una nación sobre otra. Así, entre otras, pasaron por mis ojos La velocidad de la luz, de Javier Cercas; El cortejo nupcial helado en la nieve y Tres cantos fúnebres por Kosovo, de Ismaíl Kadaré; Vida y época de Michael K, de J. M. Coetzee; La destrucción de todas las cosas, de Hugo Hiriart, y Memoria de elefante, de Antonio Lobo Antunes. Las mejores páginas que recuerdo de este grupo novelístico corresponden a Cercas y Coetzee.
Los motivos de Caín (Era, 1979), de José Revueltas —texto singular en su obra novelística—, cuenta el fragmento de historia de un sargento, se supone que real (Jack Mendoza le contó al autor, en una cantina de Tijuana, los motivos de su deserción del ejército norteamericano), que en su brevedad inicia y concluye redondamente. Fuera de la captura y tortura del invencible Kim, nodal en la trama, algo que me llamó la atención, dado mi amor por los perros, es lo que Jack cuenta de los coreanos (p. 80): “Los coreanos acostumbran comerse a los perros, y éstos, por tal razón, en Corea no son animales domésticos sino bestias tristes y llenas de odio, que jamás se ven vivos en ninguna población, por más inofensiva que sea para ellos. Los coreanos salen a cazarlos en los bosques, y luego los devoran muy en paz, mientras una sonrisa oblicua baila de satisfacción en sus pequeños ojos. No son fuertes, sino unos perros flacos, muy pobres, y que comen excremento humano, por lo que los campesinos acostumbran, igualmente, dejarlos llegar hasta las fosas sépticas, donde les permiten engordar para darles muerte en el momento oportuno”.

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En las raras veces en que me levanto muy temprano, es decir, antes de que salga el sol, he encontrado en el trasto donde ponemos agua a nuestras perras a una ranita, con las patas abiertas, flotando en la superficie; allí, es evidente, pasa las noches. Hace poco, en un charquito que quedó debajo de una de las llaves de agua del jardín, descubrí a un pajarito regordete dándose un baño. Hace tiempo noté que mi gato Zapata (enorme, gordo y burgués) dejaba algo de su alimento para una culebra que llegaba a comer en el mismo plato que él. Ah, los animales, maravillosos y felices, pese a todo.

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Le comenté a una amiga que leí, en Oaxaca, una playera que decía más o menos así: “El pene es buen alimento: tiene un par de huevos, produce leche, huele a pescado y sabe a pollo.”
Sopesó con seriedad la frase y concluyó, con base en su experiencia erótica:
—A pollo cocido no, tal vez a pollo crudo; pero no sé, yo nunca he probado el pollo de ese modo.

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Mickey Sabbath, el gordo y sexagenario protagonista de El teatro de Sabbath, de Philip Roth (Punto de lectura, 1997) es vicioso, amoral, adicto al sexo, complejo. Entre otras cosas, habla con su madre muerta, quien, al contrario de cuando estaba viva, ahora tiene opiniones ideológicas (p. 221): “Ideología, nada menos. Qué instruida se había vuelto en la otra vida. Debían de darles cursos”. La mamá incluso llega a ser fatigosa, le dice MIckey (p. 223): “Déjame en paz, cállate. No existes. Los fantasmas no existen”. Y ella le responde: “Te equivocas. No hay más que fantasmas”.
Robert de Niro en la cinta Están todos bien (nueva versión de la peli, con el mismo título, protagonizada por Marcello Mastroianni) es viudo; su médico, porque él lo hace, le pregunta si habla con su esposa muerta. No, responde; sin embargo, casi de inmediato el espectador descubre que la información que oímos en off, del personaje de Robert, está dirigida a su desaparecida cónyuge.
Una amiga me contó que su papá le confesó que él habla todos los días, antes de dormir y apenas despertarse, con su mamá difunta. Es decir, no hay más que fantasmas.

La novela tiene también otros paraderos interesantes. Aquí habla del feminismo (p. 366): “El tercer gran fracaso ideológico del siglo veinte. La misma bazofia. Fascismo, comunismo y feminismo. Movimientos ideados para enfrentar a un grupo de gente con otro. Los buenos arios contra los malos de otras razas que los oprimen. Las mujeres buenas contra los hombres malos que los oprimen. Quien tiene ideología es puro y bueno y los demás son malos. [...] Dentro de veinte años habrá una nueva ideología. Los seres humanos contra los perros. Los perros son culpables de que la gente viva como vive. ¿Y qué habrá después de los perros? ¿A quién culparemos de corromper nuestra pureza?”
Y aquí de la felicidad (p. 374): “La revisión de la literatura sobre el tema muestra que la felicidad es estadísticamente anormal, consiste en una agrupación discreta de síntomas, se asocia con una gama de anormalidades cognitivas y probablemente refleja el funcionamiento anormal del sistema nervioso central”.

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Cumplí años y las primeras felicitaciones formales que recibí, con semanas de anticipación, fueron de Cinépolis y de Hotmail. Ah, si mi abuelita viviera moriría al ver la modernidad cibernética, fría por definición, tratando de parecer cálida.

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Efraín Bartolomé, poeta, escribió (Cantos para la joven concubina y otros poemas dispersos, 1991) sobre Robertoni Gómez, escultor, cuyas gracias no son precisamente físicas. Dice Efraín (p. 50): “Tiene el rostro tallado a golpe de hacha/ pero su esencia se llama suavidad”.
En Almas muertas (RBA Editores, 1995), Gógol describe a un hombre poco agraciado (p. 82): “La Naturaleza forjó sin pensarlo mucho, sin recurrir a herramientas delicadas como la lima, el punzón y demás, sino que las hizo a hachazos: descargó un hachazo y salió la nariz, de otro salieron los labios, con una barrena gruesa le taladró los ojos y, sin entretenerse en pulir su obra, la lanzó al mundo diciendo: ¡Vive!”


Ilustración: Manuel Velázquez.

Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

El Canshape (XI)


·El bien del prójimo ·Fe maldita
·A mi padre ·Opinión extranjera ·Deseos

Gran gusto me dio ver al doctor Gilberto Gómez Maza opinando sobre el actual proceso electoral que se vive en Chiapas. A través de la cápsula informativa La vía libre, que se puede encontrar en la Internet, y que coordinan muy bien los compañeros Ángeles Mariscal, Jeanett Solís, Raúl Ríos Trujillo e Isaín Mandujano, se le puede ver relativamente repuesto de sus afectaciones físicas. Sus palabras tienen toda la fuerza de la yunta que ara la tierra con esperanza de cosecha. Su cuerpo ya está cansado, es evidente, pero su espíritu conserva ese férreo amor por el prójimo y la esperanza de una mejor realidad. Sobre las actuales elecciones dice: “Es una elección de figura, de forma, que no va a dar más que la legalización de un proceso y el cambio de personas en los puestos y posiciones de poder, de los ayuntamientos y de la cámara de diputados. No habrá ninguna transformación, ni en sueños, porque muchos de ellos no tienen idea a qué van… ellos van a donde les pongan.”

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Una anciana se acerca a mi mesa y con tono dulce y de ruego dice:
—¿Una ayudita para San Juditas Tadeo? —extiende un cesto de plástico con la imagen del santo al fondo. Lo adornan flores cortadas en cualquier jardín.
—No, señora, disculpe. No soy católico.
Lo cándido del semblante acanalado se transforma; su mirada se torna infernal y me condena. Le sonrío nervioso y ella muestra una dentadura menguada, amarillenta, amenazante. Parece que sus pensamientos se escuchan: “arderás en el infierno”.
—Que Dios lo perdone, pues.
Siento miedo…
Y el desayuno ya no sabe igual.

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En la vida crecimos distantes. Fue una toma de decisiones que no me corresponde. No hay culpables, me digo. No hay culpables, y sin embargo hay un hueco profundo en el corazón infantil de mi alma. No tuve un héroe de quién hablar, como quién ser cuando grande. Pero hoy estamos aquí, cara a cara, los dos ya con pelo en pecho: uno crespo y negrísimo, otro blanquecino. Nos miramos como amigos, papá, y en tus errores hallo mis consejos.

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Tengo un par de amigos extranjeros, uno peruano, otro español, documentos en regla, con los que eventualmente bebo cerveza y discuto los eternos temas masculinos. En términos respetuosos cada uno opina sobre lo que particularmente le llama la atención de México:
El peruano se sorprende que en nuestro país los ciudadanos elijan ejercer o no su derecho al voto, que el abstencionismo sea el problema a vencer en la construcción de la democracia. “En mi país votar es obligatorio, quien no lo hace es multado”. Creo que la medida es congruente porque el voto además de derecho debiera ser un deber cívico.
Al español, de oficio mecánico automotriz, le parece muy riesgoso que en México se le permita a cualquier persona adquirir un vehículo sin tener por lo menos un seguro de daños a terceros. “Te imaginas que quien apenas juntó su dinero para comprarse un vehículo atropella, lesiona o mata a alguien, qué va a hacer, cómo va a pagar su delito, ¿con la cárcel?, qué fácil. Qué va a pasar con la víctima o los deudos, en qué les compensa que el culpable esté preso. En mi país nadie puede adquirir un vehículo sin seguro, las automotrices están obligadas. De esa manera se garantizan gastos médicos, de funeral y demás indemnizaciones”. Habría que considerarlo.

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A cuerpos hermosos de muertos que no envejecieron y los guardaron con lágrimas en un bello mausoleo, con rosas a la cabeza y a los pies jazmines, se asemejan los deseos que pasaron sin cumplirse; sin merecer una noche de placer, o una mañana luminosa (Constantino Kavafis, Alejandría, Egipto; 29 de abril de 1863-29 de abril de 1933).


roraquiar@hotmail.com
9611173606

lunes, 21 de junio de 2010

Casa de citas (VI)

Onde rayo yo ¿quién raya?
Héctor Cortés Mandujano
Hace años conocí a Hugo Gutiérrez Vega, hombre de variado talento (diplomático, políglota, poeta, actor; desde hace años director de La Jornada Semanal) y el resultado fue una larga entrevista que publiqué en el extinto semanario Este Sur.
Entre otras cosas, la charla con él me hizo leer a ciertos poetas del siglo XIX y a partir de ello disfrutar uno a uno los poemas y los libros del inmenso Manuel José Othón. Me encuentro con una nueva charla de Gutiérrez Vega en Los escritores y sus lecturas (Conaculta, 2007) y por su recomendación (p. 87) leo a Ignacio Manuel Altamirano.

Para quienes crean que el pasado fue un dulce despertar de los sentidos, y que hombres y mujeres desparramaban ingenuidad, estas líneas de la novela Clemencia (Gómez-Gómez Hermanos Editores, sin fecha de edición), de Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), tal vez les hagan cambiar de opinión. En ellas conversan el bello y miserable Enrique Flores, y el feo y generoso Fernando Valle; la acción trascurre en 1863, hace más de doscientos años, y hablan de un romance en puerta.
Dice Valle (p. 35): “...Le pareceré a usted ridículo, pero la verdad es que mi corazón está virgen de todo amor.” Responde Flores: “¡Hombre! Ridículo, no; pero raro, sí, muy raro. ¡Un corazón virgen a los 25 años! ¡En este tiempo en que ya a los doce se tiene novia, y muchas veces querida! Convengo en que no haya usted amado, esta palabra ahora es convencional; pero habrá usted tenido una querida: ¿quién no tiene hoy, apenas llegada la pubertad, una triste querida?”

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Hermosa flor de pitaya,
blanca flor de garambullo,
a mí me cabe el orgullo
que onde rayo yo ¿quién raya?
“El gavilán”, versos populares recopilados por Juan Rulfo

Nuestra querida amiga Linda Esquinca nos invita a cena deliciosa y vino tinto. El pretexto es regalarme una colección de discos con música de los cuarenta, que escuchamos mientras hablamos y comemos. Platicamos de charrería, ella por su práctica y yo por el recuerdo de mi padre. Ya hemos visto antes su colección de trajes y ahora nos comparte sus recuerdos sobre paseos a caballo. David Zaizar canta desde el aparato de música.
Le cuento que mi papá fue presidente, por años, de una asociación de charros y, aparte de un diestro hacedor de riendas y otras gracias, también fue domador de potros. Cuando enfermó y ya no pudo hacer ninguna actividad le propusieron poner su nombre al lienzo (así se llama al local donde se ejecutan las suertes charras) donde tanto trabajó y practicó, donde tantos amigos hizo. Querían que entregara su traje a un joven que tomara su lugar; que defendiera su nombre, su fama. Habló conmigo con seriedad y me propuso ser su sucesor. Yo tendría, tal vez, veinte-veintiún años. Quedé asombrado con su idea, le di las gracias y, por supuesto, me negué.
—Papá, yo voy a tirar tu nombre al suelo en un instante. Soy pésimo jinete, lo sabes. En cuanto raye el caballo (jalar las riendas para que, no siempre, levante las patas delanteras) me voy a caer.
—Si no eres tú, no quiero a nadie más.
—Pues será nadie, papá.

Pasó el tiempo, como dicen las telenovelas, y mi papá murió. Un día un amigo me invitó a un rancho a comer elote hervido recién cortado de la milpa. Los dueños del rancho eran, se supone, me dijo, familiares míos. Yo no los conocía. Llegamos y poco a poco me fui poniendo incómodo por las muestras de cariño que me dispensaban y porque no cesaban de repetir “eres igualito a tu papá”.
Como en esas películas donde es evidente que se va a poner a prueba la identidad del héroe, yo sentía cernirse sobre ese exceso de abrazos, sonrisas y celebraciones (“tu papá era un jinete chingón, nosotros lo queríamos como si fuera nuestro hermano”) algo que quizás terminara en desastre.
Uno de los anfitriones desapareció y al poco oí el silbido clásico de mi papá y me pareció escuchar su canto (se la pasaba silbando y cantando, y hacía muy bien las dos cosas). El primo más joven, que conocía muy bien el estilo de silbar y cantar de mi padre, venía montando un alazán enorme y brioso.
—¿Cómo lo ves, primo?
—Muy bonito.
—Se parece a uno que tuvo tu papá, por eso lo compré. Es un caballo charro muy entendido. Orita te lo ensillo pa’ que lo montes.
Mi mujer y mi hija me miraron con terror y el héroe (hagan de cuenta Clint Eastwood), o sea yo, permaneció impasible, con gesto hierático. Se reunió la pequeña población ranchera a ver al hijo de don Herminio Cortés, famoso jinete, que haría una demostración de su pericia vaquera.
Mi mujer me jaló del brazo y me dijo en voz baja:
—Tú no puedes subirte a ese caballo, te va a matar.
—Papi, no te subas, tú no sabes montar, dijo mi hija con un gesto de terror nada disimulado.
—Claro que sé —les dije—, fui toda la primaria a caballo, nací en un rancho.
—Esos son los cuentos —dijo mi incrédula e implacable mujer— que le cuentas a la gente para hacerte el interesante. No creo que puedas dominar ese monstruo.
Era inútil cualquier discusión. El primo ya había terminado de ensillar a la bestia hecha de músculos y brío, y me esperaba al pie del estribo.
Me subí, aquello se movía sin necesidad de tocarlo. La frase surgió con la naturalidad trágica que tienen las cosas irrenunciables.
—Ráyalo, ¿no, primo?
El héroe hizo que el caballo diera la vuelta y trotara en dirección contraria a los espectadores. Cuando pensó que la distancia era ideal, clavó los talones en los ijares y el bólido equino se lanzó con fuerza hacia adelante. En el momento justo, con lo diestro que era, el héroe jaló la rienda y espero el brinco que suponía iba a ser grande, dadas las dimensiones del equino. Así fue. El caballo levantó las patas y luego las puso en el piso. El héroe (el que actuó por mí, mientras los demás pensaban que era yo el jinete) desde la montura sonrió ante los aplausos del respetable y luego levantó los ojos al cielo.
—Ésta fue por ti, papá.

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Aunque no considera genio a Saramago, Harold Bloom (Genios, un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares, Anagrama 2005:704), dice, opinión que no comparto, que es “el mejor novelista vivo”; piensa que El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago (Suma de letras, 2002), es “una soberbia fantasía sobre Pessoa”.
Ricardo Reis, lo sabrá quien sepa algo de poesía, es uno de los heterónimos del grandioso Fernando Pessoa, ese portugués que para escribir su obra inventó otros nombres, otros poetas, a quienes hizo una biografía que los separara de su propia vida y estilo. Saramago, en su novela, usa para su ficción lo que supone ya sabrán los lectores de los conflictos bélicos de España, Alemania y el Portugal de esos años (los casi cuarenta) y de la vida de Pessoa, a quien diferencia de Reis, pues en la novela uno está muerto y el otro vive en la realidad de su país. La ironía es sutil: murió el real y vive el de mentira.
La novela trascurre casi sin sorpresas, pero la prosa de Saramago, en este libro (en general no me gustan sus novelas, pero me han regalado varias), tiene vitalidad, humanidad, expresividad. Aunque no es un asunto original revivir muertos, aquí sí se vuelve original hablar de dos hombres (uno real, Pessoa, y otro inventado, Reis) como si en realidad no hubieran sido el mismo.
Por otra parte es reconfortante que su historia no esté escrita en defensa de su militancia política (Saramago es elemental, maniqueo, de güeva en sus declaraciones “comunistas”) ni se detenga demasiado en la posición antagónica del poeta monárquico. La novela vale mucho la pena.

Ilustración: Manuel Velázquez.

Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

martes, 15 de junio de 2010

Casa de citas (V)

Chiapas y lo posible
Héctor Cortés Mandujano

Hace muchos años leí con enorme gusto El varón rampante (Seix Barral, 1985), de Ítalo Calvino, la historia de Cósimo Piovasco de Rondó, un muchacho que en un inicio por berrinche decide subirse a un árbol (de ahí lo de rampante) y no bajar ni para comer. Era 1767 y por eso halló bosques por doquier que permitieron la hazaña. Ya alejado del capricho, Cósimo descubre las maravillas de la vida arbórea y con ello reinventa su existencia y reformula el mundo hasta su deceso que, por no querer tocar tierra, ocurre en el mar. La historia, contada por su hermano, concluye a principios del siglo XIX y hay una nota sobre la desaparición de “aquellas verdes cúpulas” (p. 245): “Se diría que los árboles no han resistido, después de que mi hermano se marchó, o que los hombres han sido presas de la furia del hacha”.
Muchos años más tarde, y en una especie de homenaje, Alejandro Baricco escribió Novecento. La leyenda del pianista en el océano (Anagrama, 1999) historia de un hombre de extenso nombre, Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento, pianista asombroso, nacido en un barco, quien por decisión propia vivirá hasta su muerte en su embarcación natal. Aunque la historia se escribió originalmente para teatro (Baricco reescribió también Homero, Ilíada, que en monólogos cuenta, como la original, la guerra de Troya) ya la han vuelto película. Dice Novecento (pp. 76-77): “No estoy loco, hermano. No estamos locos cuando hemos encontrado el sistema para salvarnos [...] acabó mi tierra, para siempre, dondequiera que se encuentre”.
Me parece que entre ambos autores, ambos italianos; que también entre Cósimo y Novecento, sus criaturas, hay una invisible estafeta.

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Me entero de que entregarán un premio literario y oficial a un médico “por sus libros inéditos de poesía”. Es una broma, pensaría cualquiera con dos dedos de frente. Si viviera en otro país o en otro estado, confieso que lo dudaría. ¿Cómo premiar a una persona por los libros que nadie ha leído? Una de las instrucciones básicas para vivir en Chiapas es que aquí todo es posible. Todo.
Propongo que se debe premiar a los arquitectos por los edificios que no han imaginado, a los novelistas que jamás han escrito una novela, a los actores de teatro que nunca han estado en escena.
Ya puestos a premiar deberían escogerse a muchachos de secundaria y premiarlos por todo aquello que quizás en el futuro hagan; celebrar el día de las madres en los jardines de niñas, considerando que quizás muchas de ellas se vuelvan madres en el futuro.
Propongo que se entreguen Oscar honorarios a quienes tengan intenciones de hacer cine y se instituya el Premio Nobel de Chiapas para aquellos que tal vez dentro de cincuenta, cien, doscientos años, no importa, puedan destacar en algo.
Propongo que celebremos la primavera en diciembre y la navidad en agosto (mes que casi ni tiene celebraciones); propongo también que construyamos una enorme iglesia para un santo que todavía no lo es y que nos declaramos sede de los juegos olímpicos de 2100, antes de que algún otro vivo se nos adelante.
Propongo, ya encarrerado, que nos declaremos los reyes absolutos del analfabetismo y que ya, nunca más, se editen nuevos libros. No hacen falta para otorgar premios literarios. Propongo que este premio, al premiado y a los premiadores los inscribamos en el Libro de Récords Guines (para que el premiado y sus adláteres aparezcan por lo menos en uno de esos despreciables artefactos que, pura lata, deben escribirse y leerse para que tengan algún significado. Y además están llenos de pura letrita, qué ganas de joder). También iba a proponer un plebiscito para cambiar el nombre de Ocozocoautla por el de Coita, pero ya se me adelantaron.

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Stephen Vizinczey nació en 1933, en Hungría. Resume su vida en “Los diez mandamientos de un escritor” (Verdad y mentiras en la literatura, Grijalvo, 1988:9): “A la edad de los veinticuatro años, tras la derrota de la Revolución húngara, me encontré en Canadá con unas cincuenta palabras en inglés. Cuando me di cuenta de que era un escritor sin una lengua, subí en ascensor al último piso de un alto edificio de Dorchester Street en Montreal, con la intención de arrojarme al vacío. Al mirar hacia abajo desde la azotea, con terror ante la idea de morirme, pero todavía más de romperme la columna vertebral y pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas, decidí tratar de convertirme en un escritor inglés. Al final, aprender a escribir en otra lengua fue menos difícil que escribir algo bueno y viví durante seis años al borde de la miseria antes de estar listo para escribir En brazos de la mujer madura”.
En brazos... fue un súper éxito en crítica y ventas. En su segunda novela, Un millonario inocente (Grijalvo, 1991), Mark Niven encuentra un tesoro en el fondo marino y ha pensado apoyar, entre otras cosas, a la educación superior. Un viejo millonario le aconseja que no (p. 287): “Nunca dé dinero a universidades. ¡Cuando era joven, perdí millones por atender doctos consejos! Un tonto analfabeto puede ser un tonto útil, puede fregar suelos; pero un tonto con un doctorado es mortal. Los especialistas en ciencias sociales, los terroristas, los sociobiólogos, los marxistas, los psiquiatras, los charlatanes de todo cuño, todas estas hordas de parásitos salen de las universidades. ¿Y sabe por qué? Porque la estupidez no se cura con libros, sino todo lo contrario: la educación superior la agrava. ¡Nada de becas, recuérdelo!”

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La novela Ayer no te vi en Babilonia, de Antonio Lobo Antunes (Mondadori, 2007) tomó su título del letrero que en escritura cuneiforme, en un fragmento en arcilla, alguien escribió 3 mil años antes de Cristo. Algunos de esos textos han cruzado épocas, siglos, como el que asienta Kenneth Rexroth en Recordando a los clásicos (FCE, 1993:81) escrito en una estela de Corinto: “Esta piedra menuda, amado Sabino, es todo el testimonio de nuestro amor inmenso. Siempre te echo de menos; y espero que no bebas del Leteo y me olvides, cuando bebas las aguas de la nueva muerte”.
Más cerca en el tiempo y en el espacio hace unos días me encontré escrito sobre una banqueta de la Novena Sur (frente a un lote baldío, antes de llegar a Grease Monkey, a la vuelta del Noticias) de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, un recado que, salvo que arranquen la banqueta o borren el texto, tendrá quizá más vida que su autor. Dice así: “Soy hondureño gracias a Dios. Por él estoy aquí. No temo a nada porque Jeová (la cursiva es mía) vive en mí. 2000. José FVV”.

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Guillermo Fadanelli, mexicano, autor exitoso de muchas novelas, escribió un raro libro de aforismos: Dios siempre se equivoca (Joaquín Mortiz, 2004). “Cada aforismo es un universo condensado donde las explicaciones están de más”, dice Fadanelli en el preámbulo. Dos muestras que incluso he condensado:
1). “Las mujeres odian a los hombres que se les acercan desinteresadamente” (p. 17), y
2). “Nada hay más práctico que una buena teoría” (p. 21).

Ilustración: Manuel Velázquez.
Contactos: hectorcortesm@hotmail.com