¿Pinocho?

¿Pinocho?
De ningún modo, es el canshapito posando con una su mascarita de parachiquito

lunes, 21 de junio de 2010

Casa de citas (VI)

Onde rayo yo ¿quién raya?
Héctor Cortés Mandujano
Hace años conocí a Hugo Gutiérrez Vega, hombre de variado talento (diplomático, políglota, poeta, actor; desde hace años director de La Jornada Semanal) y el resultado fue una larga entrevista que publiqué en el extinto semanario Este Sur.
Entre otras cosas, la charla con él me hizo leer a ciertos poetas del siglo XIX y a partir de ello disfrutar uno a uno los poemas y los libros del inmenso Manuel José Othón. Me encuentro con una nueva charla de Gutiérrez Vega en Los escritores y sus lecturas (Conaculta, 2007) y por su recomendación (p. 87) leo a Ignacio Manuel Altamirano.

Para quienes crean que el pasado fue un dulce despertar de los sentidos, y que hombres y mujeres desparramaban ingenuidad, estas líneas de la novela Clemencia (Gómez-Gómez Hermanos Editores, sin fecha de edición), de Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), tal vez les hagan cambiar de opinión. En ellas conversan el bello y miserable Enrique Flores, y el feo y generoso Fernando Valle; la acción trascurre en 1863, hace más de doscientos años, y hablan de un romance en puerta.
Dice Valle (p. 35): “...Le pareceré a usted ridículo, pero la verdad es que mi corazón está virgen de todo amor.” Responde Flores: “¡Hombre! Ridículo, no; pero raro, sí, muy raro. ¡Un corazón virgen a los 25 años! ¡En este tiempo en que ya a los doce se tiene novia, y muchas veces querida! Convengo en que no haya usted amado, esta palabra ahora es convencional; pero habrá usted tenido una querida: ¿quién no tiene hoy, apenas llegada la pubertad, una triste querida?”

***
Hermosa flor de pitaya,
blanca flor de garambullo,
a mí me cabe el orgullo
que onde rayo yo ¿quién raya?
“El gavilán”, versos populares recopilados por Juan Rulfo

Nuestra querida amiga Linda Esquinca nos invita a cena deliciosa y vino tinto. El pretexto es regalarme una colección de discos con música de los cuarenta, que escuchamos mientras hablamos y comemos. Platicamos de charrería, ella por su práctica y yo por el recuerdo de mi padre. Ya hemos visto antes su colección de trajes y ahora nos comparte sus recuerdos sobre paseos a caballo. David Zaizar canta desde el aparato de música.
Le cuento que mi papá fue presidente, por años, de una asociación de charros y, aparte de un diestro hacedor de riendas y otras gracias, también fue domador de potros. Cuando enfermó y ya no pudo hacer ninguna actividad le propusieron poner su nombre al lienzo (así se llama al local donde se ejecutan las suertes charras) donde tanto trabajó y practicó, donde tantos amigos hizo. Querían que entregara su traje a un joven que tomara su lugar; que defendiera su nombre, su fama. Habló conmigo con seriedad y me propuso ser su sucesor. Yo tendría, tal vez, veinte-veintiún años. Quedé asombrado con su idea, le di las gracias y, por supuesto, me negué.
—Papá, yo voy a tirar tu nombre al suelo en un instante. Soy pésimo jinete, lo sabes. En cuanto raye el caballo (jalar las riendas para que, no siempre, levante las patas delanteras) me voy a caer.
—Si no eres tú, no quiero a nadie más.
—Pues será nadie, papá.

Pasó el tiempo, como dicen las telenovelas, y mi papá murió. Un día un amigo me invitó a un rancho a comer elote hervido recién cortado de la milpa. Los dueños del rancho eran, se supone, me dijo, familiares míos. Yo no los conocía. Llegamos y poco a poco me fui poniendo incómodo por las muestras de cariño que me dispensaban y porque no cesaban de repetir “eres igualito a tu papá”.
Como en esas películas donde es evidente que se va a poner a prueba la identidad del héroe, yo sentía cernirse sobre ese exceso de abrazos, sonrisas y celebraciones (“tu papá era un jinete chingón, nosotros lo queríamos como si fuera nuestro hermano”) algo que quizás terminara en desastre.
Uno de los anfitriones desapareció y al poco oí el silbido clásico de mi papá y me pareció escuchar su canto (se la pasaba silbando y cantando, y hacía muy bien las dos cosas). El primo más joven, que conocía muy bien el estilo de silbar y cantar de mi padre, venía montando un alazán enorme y brioso.
—¿Cómo lo ves, primo?
—Muy bonito.
—Se parece a uno que tuvo tu papá, por eso lo compré. Es un caballo charro muy entendido. Orita te lo ensillo pa’ que lo montes.
Mi mujer y mi hija me miraron con terror y el héroe (hagan de cuenta Clint Eastwood), o sea yo, permaneció impasible, con gesto hierático. Se reunió la pequeña población ranchera a ver al hijo de don Herminio Cortés, famoso jinete, que haría una demostración de su pericia vaquera.
Mi mujer me jaló del brazo y me dijo en voz baja:
—Tú no puedes subirte a ese caballo, te va a matar.
—Papi, no te subas, tú no sabes montar, dijo mi hija con un gesto de terror nada disimulado.
—Claro que sé —les dije—, fui toda la primaria a caballo, nací en un rancho.
—Esos son los cuentos —dijo mi incrédula e implacable mujer— que le cuentas a la gente para hacerte el interesante. No creo que puedas dominar ese monstruo.
Era inútil cualquier discusión. El primo ya había terminado de ensillar a la bestia hecha de músculos y brío, y me esperaba al pie del estribo.
Me subí, aquello se movía sin necesidad de tocarlo. La frase surgió con la naturalidad trágica que tienen las cosas irrenunciables.
—Ráyalo, ¿no, primo?
El héroe hizo que el caballo diera la vuelta y trotara en dirección contraria a los espectadores. Cuando pensó que la distancia era ideal, clavó los talones en los ijares y el bólido equino se lanzó con fuerza hacia adelante. En el momento justo, con lo diestro que era, el héroe jaló la rienda y espero el brinco que suponía iba a ser grande, dadas las dimensiones del equino. Así fue. El caballo levantó las patas y luego las puso en el piso. El héroe (el que actuó por mí, mientras los demás pensaban que era yo el jinete) desde la montura sonrió ante los aplausos del respetable y luego levantó los ojos al cielo.
—Ésta fue por ti, papá.

***
Aunque no considera genio a Saramago, Harold Bloom (Genios, un mosaico de cien mentes creativas y ejemplares, Anagrama 2005:704), dice, opinión que no comparto, que es “el mejor novelista vivo”; piensa que El año de la muerte de Ricardo Reis, de José Saramago (Suma de letras, 2002), es “una soberbia fantasía sobre Pessoa”.
Ricardo Reis, lo sabrá quien sepa algo de poesía, es uno de los heterónimos del grandioso Fernando Pessoa, ese portugués que para escribir su obra inventó otros nombres, otros poetas, a quienes hizo una biografía que los separara de su propia vida y estilo. Saramago, en su novela, usa para su ficción lo que supone ya sabrán los lectores de los conflictos bélicos de España, Alemania y el Portugal de esos años (los casi cuarenta) y de la vida de Pessoa, a quien diferencia de Reis, pues en la novela uno está muerto y el otro vive en la realidad de su país. La ironía es sutil: murió el real y vive el de mentira.
La novela trascurre casi sin sorpresas, pero la prosa de Saramago, en este libro (en general no me gustan sus novelas, pero me han regalado varias), tiene vitalidad, humanidad, expresividad. Aunque no es un asunto original revivir muertos, aquí sí se vuelve original hablar de dos hombres (uno real, Pessoa, y otro inventado, Reis) como si en realidad no hubieran sido el mismo.
Por otra parte es reconfortante que su historia no esté escrita en defensa de su militancia política (Saramago es elemental, maniqueo, de güeva en sus declaraciones “comunistas”) ni se detenga demasiado en la posición antagónica del poeta monárquico. La novela vale mucho la pena.

Ilustración: Manuel Velázquez.

Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

martes, 15 de junio de 2010

Casa de citas (V)

Chiapas y lo posible
Héctor Cortés Mandujano

Hace muchos años leí con enorme gusto El varón rampante (Seix Barral, 1985), de Ítalo Calvino, la historia de Cósimo Piovasco de Rondó, un muchacho que en un inicio por berrinche decide subirse a un árbol (de ahí lo de rampante) y no bajar ni para comer. Era 1767 y por eso halló bosques por doquier que permitieron la hazaña. Ya alejado del capricho, Cósimo descubre las maravillas de la vida arbórea y con ello reinventa su existencia y reformula el mundo hasta su deceso que, por no querer tocar tierra, ocurre en el mar. La historia, contada por su hermano, concluye a principios del siglo XIX y hay una nota sobre la desaparición de “aquellas verdes cúpulas” (p. 245): “Se diría que los árboles no han resistido, después de que mi hermano se marchó, o que los hombres han sido presas de la furia del hacha”.
Muchos años más tarde, y en una especie de homenaje, Alejandro Baricco escribió Novecento. La leyenda del pianista en el océano (Anagrama, 1999) historia de un hombre de extenso nombre, Danny Boodmann T. D. Lemon Novecento, pianista asombroso, nacido en un barco, quien por decisión propia vivirá hasta su muerte en su embarcación natal. Aunque la historia se escribió originalmente para teatro (Baricco reescribió también Homero, Ilíada, que en monólogos cuenta, como la original, la guerra de Troya) ya la han vuelto película. Dice Novecento (pp. 76-77): “No estoy loco, hermano. No estamos locos cuando hemos encontrado el sistema para salvarnos [...] acabó mi tierra, para siempre, dondequiera que se encuentre”.
Me parece que entre ambos autores, ambos italianos; que también entre Cósimo y Novecento, sus criaturas, hay una invisible estafeta.

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Me entero de que entregarán un premio literario y oficial a un médico “por sus libros inéditos de poesía”. Es una broma, pensaría cualquiera con dos dedos de frente. Si viviera en otro país o en otro estado, confieso que lo dudaría. ¿Cómo premiar a una persona por los libros que nadie ha leído? Una de las instrucciones básicas para vivir en Chiapas es que aquí todo es posible. Todo.
Propongo que se debe premiar a los arquitectos por los edificios que no han imaginado, a los novelistas que jamás han escrito una novela, a los actores de teatro que nunca han estado en escena.
Ya puestos a premiar deberían escogerse a muchachos de secundaria y premiarlos por todo aquello que quizás en el futuro hagan; celebrar el día de las madres en los jardines de niñas, considerando que quizás muchas de ellas se vuelvan madres en el futuro.
Propongo que se entreguen Oscar honorarios a quienes tengan intenciones de hacer cine y se instituya el Premio Nobel de Chiapas para aquellos que tal vez dentro de cincuenta, cien, doscientos años, no importa, puedan destacar en algo.
Propongo que celebremos la primavera en diciembre y la navidad en agosto (mes que casi ni tiene celebraciones); propongo también que construyamos una enorme iglesia para un santo que todavía no lo es y que nos declaramos sede de los juegos olímpicos de 2100, antes de que algún otro vivo se nos adelante.
Propongo, ya encarrerado, que nos declaremos los reyes absolutos del analfabetismo y que ya, nunca más, se editen nuevos libros. No hacen falta para otorgar premios literarios. Propongo que este premio, al premiado y a los premiadores los inscribamos en el Libro de Récords Guines (para que el premiado y sus adláteres aparezcan por lo menos en uno de esos despreciables artefactos que, pura lata, deben escribirse y leerse para que tengan algún significado. Y además están llenos de pura letrita, qué ganas de joder). También iba a proponer un plebiscito para cambiar el nombre de Ocozocoautla por el de Coita, pero ya se me adelantaron.

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Stephen Vizinczey nació en 1933, en Hungría. Resume su vida en “Los diez mandamientos de un escritor” (Verdad y mentiras en la literatura, Grijalvo, 1988:9): “A la edad de los veinticuatro años, tras la derrota de la Revolución húngara, me encontré en Canadá con unas cincuenta palabras en inglés. Cuando me di cuenta de que era un escritor sin una lengua, subí en ascensor al último piso de un alto edificio de Dorchester Street en Montreal, con la intención de arrojarme al vacío. Al mirar hacia abajo desde la azotea, con terror ante la idea de morirme, pero todavía más de romperme la columna vertebral y pasar el resto de mi vida en una silla de ruedas, decidí tratar de convertirme en un escritor inglés. Al final, aprender a escribir en otra lengua fue menos difícil que escribir algo bueno y viví durante seis años al borde de la miseria antes de estar listo para escribir En brazos de la mujer madura”.
En brazos... fue un súper éxito en crítica y ventas. En su segunda novela, Un millonario inocente (Grijalvo, 1991), Mark Niven encuentra un tesoro en el fondo marino y ha pensado apoyar, entre otras cosas, a la educación superior. Un viejo millonario le aconseja que no (p. 287): “Nunca dé dinero a universidades. ¡Cuando era joven, perdí millones por atender doctos consejos! Un tonto analfabeto puede ser un tonto útil, puede fregar suelos; pero un tonto con un doctorado es mortal. Los especialistas en ciencias sociales, los terroristas, los sociobiólogos, los marxistas, los psiquiatras, los charlatanes de todo cuño, todas estas hordas de parásitos salen de las universidades. ¿Y sabe por qué? Porque la estupidez no se cura con libros, sino todo lo contrario: la educación superior la agrava. ¡Nada de becas, recuérdelo!”

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La novela Ayer no te vi en Babilonia, de Antonio Lobo Antunes (Mondadori, 2007) tomó su título del letrero que en escritura cuneiforme, en un fragmento en arcilla, alguien escribió 3 mil años antes de Cristo. Algunos de esos textos han cruzado épocas, siglos, como el que asienta Kenneth Rexroth en Recordando a los clásicos (FCE, 1993:81) escrito en una estela de Corinto: “Esta piedra menuda, amado Sabino, es todo el testimonio de nuestro amor inmenso. Siempre te echo de menos; y espero que no bebas del Leteo y me olvides, cuando bebas las aguas de la nueva muerte”.
Más cerca en el tiempo y en el espacio hace unos días me encontré escrito sobre una banqueta de la Novena Sur (frente a un lote baldío, antes de llegar a Grease Monkey, a la vuelta del Noticias) de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, un recado que, salvo que arranquen la banqueta o borren el texto, tendrá quizá más vida que su autor. Dice así: “Soy hondureño gracias a Dios. Por él estoy aquí. No temo a nada porque Jeová (la cursiva es mía) vive en mí. 2000. José FVV”.

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Guillermo Fadanelli, mexicano, autor exitoso de muchas novelas, escribió un raro libro de aforismos: Dios siempre se equivoca (Joaquín Mortiz, 2004). “Cada aforismo es un universo condensado donde las explicaciones están de más”, dice Fadanelli en el preámbulo. Dos muestras que incluso he condensado:
1). “Las mujeres odian a los hombres que se les acercan desinteresadamente” (p. 17), y
2). “Nada hay más práctico que una buena teoría” (p. 21).

Ilustración: Manuel Velázquez.
Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

viernes, 11 de junio de 2010

El Canshape (X)


·Salvemos la sierra ·Tecpatán tricolor ·Gobierno de continuidad

Ser sensible a las necesidades de la gente es una característica deseada en las personas que buscan cargos de representación popular. Pero lo cierto es que no sólo con buenas intenciones y constricción del corazón se solucionan los problemas. La política es una de las posibilidades más claras para servir, no obstante son pocos los que comprenden plenamente el concepto.
Recientemente leí el artículo “La masala chiapaneca”, en la revista de la representación de Chiapas en el DF (mayo-junio 2010: 27-28), en el que se analiza el destacado crecimiento económico de la India, basado en su incorporación a la dinámica mundial pero sin perder su identidad, concepto que definen como “Masala”. El artículo está firmado por Zoé Robledo, chiapaneco, Premio Nacional de Periodismo 2008, y candidato a la diputación local por el XVII distrito electoral, con cabecera en Motozintla, respaldado por la coalición Unidad por Chiapas (PRD, PAN, Convergencia y Panal):

Así, guardando todas las proporciones obvias, ¿qué esperamos para empezar a buscar la masala chiapaneca? En la historia de la transformación india hay menos de milagro que de convicción, y una clave: saber mirar hacia adelante. Por ello, la búsqueda de la masala chiapaneca debe dejar de ser una visión y se vea en el horizonte como una realidad.

Este joven candidato (31 años) encabeza el proyecto “Salvemos la Sierra” donde tiene bien definidas sus propuestas: Convertir a la Sierra Madre en una prioridad del estado y del país. Crear una institución encargada de atender los problemas y asuntos de la región para operar y vigilar los programas integrales e integrados. Echar andar un plan integral de desarrollo, que procure que la conservación y protección del medio ambiente sea una actividad productiva que genere ganancias económicas a las familias serranas sin afectar al medio ambiente.
Zoé Robledo es analista político especializado en democratización, política comparada, procesos electorales y estrategia política. Estudió Ciencia Política en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y tiene estudios complementarios por la George Washington University y la Universidad Complutense de Madrid. Es miembros de la International Association of Political Consultants y The Academy of Political Science.

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El candidato priísta a la presidencia de Tecpatán, Luis Márquez, está más que listo para iniciar la carrera que lo llevará directivo a la municipalidad. Sólo espera el banderazo de salida. Está ansioso pero no pierde la calma y guarda las formas, sabe que la mayoría del pueblo quiere librarse de una vez por todas del cacicazgo de Jorge Betancourt, quien siendo director de Obras Públicas parece comandante de la policía, porque pa’ todos lados carga con los uniformados y los obliga a intimidar a medio mundo. Los pobres ya no hayan la manera de quitarse semejante ponzoña de la espalda.
Las apuestas están 3 a 1, favor Márquez, pero no se confía, sabe que la tortuga con la que compite, de la que nadie sabe su nombre, y como única referencia se escucha “que es la esposa de un tal Rubicel Rojas”, está asesorada y manejada por lobos de retorcidos colmillos, y en cualquier momento querrá hacer trampa.
La mayoría de los tecpatecos sabe que el gallo tricolor no es jugado y está sano, y que tendrá un gobierno que trabaje para todos, lo que les hace falta, no como ahora, donde los mismos de siempre se engordan el caldo. Por eso abrirán bien los ojos mientras el proceso se lleva a cabo, porque por fin tienen a alguien de los suyos, trabajador y con ganas y capacidad de hacer bien las cosas.

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A Tuxtla Gutiérrez le conviene un gobierno de continuidad porque le ha ido bien. La capital es el rostro de Chiapas, y, como en el cuerpo, es lo que más se cuida. Una cara reluciente y sonrisa impecable hace suponer el mismo cuidado en el resto. De ahí que quien llegue al poder se esforzará por continuar con la dinámica de desarrollo para capitalizarlo políticamente.
Pero no sólo eso, la razón nos hace coincidir que no se pueden trazar planes de tres años o, como en este caso, de un año y ocho meses. Los ayuntamientos no deben reinventarse cada proceso electoral, de ahí que se hagan planes de desarrollo a corto, mediano y largo plazo. Yassir Vázquez se compromete a que Tuxtla siga creciendo, continuar con las políticas funcionales y mejorarlas, y a los que viven acá eso les conviene.

domingo, 6 de junio de 2010

Casa de citas (IV)

La felicidad en el arte
Héctor Cortés Mandujano


Termino de leer Nadie me verá llorar, novela que dio merecida celebridad literaria a la escritora mexicana Cristina Rivera Garza; leo al final la ficha de muerte de Matilda Burgos, la mujer que vivió el amor lésbico, el amor con un hombre, la prostitución, la locura, la muerte en soledad; y siento la esperanza de otra vida en Joaquín Buitrago, morfinómano, fotógrafo de tristezas, su último amante. Me gustó.
Todavía con el regusto de esta historia de amores condenados doy vuelta a la página en blanco previa al cierre del libro. Tiene anotaciones mías. Son frases de la cinta Memorias fugitivas (Fugitive pieces), coproducción Canadá-Grecia, escrita y dirigida por Jeremy Podeswa, anotadas al vuelo después de la función. La historia es conmovedora y aunque gravita sobre la matanza, la diáspora judía, no es melodramática ni cursi. No me lo pareció. Un niño judío es rescatado por la generosidad de un arqueólogo griego. Vio cómo mataban a su familia y ese recuerdo tan fuerte le enturbia la vida hasta que se encuentra a una mujer maravillosa. Ya es un viejo cuando la ve desnuda en su cama. Le dice, cito de memoria: “Llegaste a mi vida varios años tarde, me da gusto verte”.
A mí, que soy glotón, esta frase me encantó: “Una casa es como un cuerpo, su corazón es la cocina” y, una más, la última, se la dice su hermana muerta para darle una especie de permiso para ser feliz, que implica dar más importancia a la felicidad que al dolor: “El mérito de la madera no es arder, sino flotar”.

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El maestro y Margarita es la gran novela de Mijail Bulgákov publicada, por la ceguera de su tiempo, cuando éste ya no pudo verla impresa. Murió en 1940 y el libro fabuloso se publicó en 1966. Imposible resumirla. Para lo que quiero contar basta con la simplificación de una de sus tramas. El diablo —Voland— y una pequeña comitiva visitan Moscú. Entre otros, y por complacer a Margarita, conocen al maestro; éste ha publicado una novela sobre Poncio Pilatos. La crítica lo ha hecho pedazos y él ha decidido retirarse de la literatura. El deseo de Margarita, mujer casada que abandona a su marido, después de acompañar a Volant a su baile satánico, es vivir para siempre con el maestro. Los hacen morir y los llevan hasta un lugar del cielo donde hallan a Pilatos sufriendo una eterna culpa por no haber salvado a Jesús (Joshúa en la novela). Voland y Jesús la han leído y ella, la ficción inventada por el maestro, ha puesto a Pilatos en el lugar donde está.
Voland dice al maestro que sólo él puede liberarlo con una frase que cambie su tormento. El maestro dice: “¡Libre! ¡Libre! Él te espera”. Y eso logra el milagro. La literatura, pues, según Dios y el Diablo, en la novela de Bulgákov, transforma, libera, cambia el destino del mundo.

La película Expiación, deseo y pecado (basada en la novela de Ian McEwan) aborda más o menos la misma temática. En ella Robbie (James McAvoy) es acusado y encarcelado injustamente por una violación que no cometió. Su acusadora es una niña de once años, enamorada de él y emponzoñada por los celos: le ha visto haciéndole el amor a su hermana Cecilia (Keira Knightley). Robbie y Cecilia con el paso de los años se convierten en soldado y enfermera; se buscan para vivir juntos y derrotar con su amor las consecuencias que la maldad infantil trajo a sus vidas. La niña crece atenazada por los remordimientos y consagra esfuerzos vanos en la búsqueda del perdón.
Cuando ya es una anciana publica una novela (ya ha publicado una veintena antes), que se llama Expiación, donde cuenta cómo, pese a su mentira, su hermana y su cuñado lograron consumar su amor, vivir juntos. En una entrevista de televisión, sin embargo, confiesa que eso nunca ocurrió: Robbie y Cecilia murieron jóvenes, por desgracias distintas, sin poder volver a verse. La cinta mezcla con sabiduría escenas de la realidad y de la novela, con puntos de vista que no siempre coinciden. Hemos visto cómo ellos se encuentran y luego, cuando la novelista confiesa la verdad, cómo murieron sin encontrarse. “Y por eso —dice la novelista, cito de memoria— quise cambiar su destino; como expiación a mi mentira hice que en mi novela fueran felices”.

Algo así ocurrió con mi novela Mar en movimiento. En ella inventé a un gato, José Cariñito, que me serviría en la trama para un acto específico. El asunto es que se me fue haciendo simpático y ganando páginas, notoriedad. Me di cuenta que el micho podía echarlo todo a perder y decidí matarlo. Justo la noche en que subí a mi biblioteca (vivía en Tuxtla) para su exterminio, más o menos de madrugada, por la puerta abierta entró un gato real: flaco, con pocos pelos y un maullido tembloroso que me asustó.
Me levanté para echarlo y en ese momento me di cuenta que yo había inventado con simpatía a un gato y que iba a tratar mal a uno que tenía una existencia verdadera (y miserable, por lo que podía notarse). Me puse en cuclillas y, en homenaje a mi mamá que usualmente conversaba hasta con las gallinas, le hablé:
—No te subas a mi sillón, porque vas a mancharlo; quédate aquí donde estás, échate.
El minino me vio con su rostro famélico y luego de dos maullidos asmáticos hizo lo que le pedí. Un par de horas después salió arrastrando su lastimosa anatomía.
Al día siguiente, en el desayuno, le platicaba lo anterior a mi mujer y a mi hija; como si lo hubiera invocado, el gato apareció. Mi hija dio un grito al verlo y como se dirigiera a ella, se puso de pie sobre la silla. El gato saltó allí, precisamente, y mi hija, casi en un ataque de pánico —era una niña—, rodeó la mesa y fue a refugiarse en mis brazos. El felino se acomodó y al parecer, según dijo mi mujer que lo espió por debajo del mantel, se quedó dormido.
Terminamos de desayunar. Fui a cepillarme, arreglé mis cosas, di un beso a mis amores y cuando estaba abriendo la puerta de la calle para ir al trabajo, mi mujer me alcanzó y me dijo en un tono de extrañamiento:
—El gato está muerto.
Regresé con ella y la ayudé, creo, a poner en una bolsa el cadáver del extraño animal que decidió, sin aspavientos, ir a morirse en una de las sillas de nuestro comedor. Su muerte silenciosa me dio vueltas en la cabeza todo el día y en la noche, cuando subí de nuevo a escribir mi novela, en honor al gatito anónimo que llegó con nosotros para compartir sus últimos momentos hice que José Cariñito, el micho de mi ficción, no sólo no muriera, sino que viviera feliz en casa de una familia que lo quería.

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Aunque no todos los gordos son simpáticos ni todos los jóvenes audaces ni todos los viejos sabios, Marcel Proust en el volumen seis (La fugitiva) de su monumental En busca del tiempo perdido (Alianza Editorial, 1998:150) dice: “A partir de cierta edad, nuestros recuerdos están tan enmarañados unos con otros que las cosas que pensamos, el libro que leemos ya no tiene importancia. Hemos puesto algo de nosotros mismos en todo, todo es fecundo, todo es peligroso, y podemos hacer en un anuncio de un jabón descubrimientos tan valiosos como en los Pensamientos de Pascal.”

Ilustración: Manuel Velázquez.
Contactos: hectorcortesm@hotmail.com