¿Pinocho?

¿Pinocho?
De ningún modo, es el canshapito posando con una su mascarita de parachiquito

domingo, 6 de junio de 2010

Casa de citas (IV)

La felicidad en el arte
Héctor Cortés Mandujano


Termino de leer Nadie me verá llorar, novela que dio merecida celebridad literaria a la escritora mexicana Cristina Rivera Garza; leo al final la ficha de muerte de Matilda Burgos, la mujer que vivió el amor lésbico, el amor con un hombre, la prostitución, la locura, la muerte en soledad; y siento la esperanza de otra vida en Joaquín Buitrago, morfinómano, fotógrafo de tristezas, su último amante. Me gustó.
Todavía con el regusto de esta historia de amores condenados doy vuelta a la página en blanco previa al cierre del libro. Tiene anotaciones mías. Son frases de la cinta Memorias fugitivas (Fugitive pieces), coproducción Canadá-Grecia, escrita y dirigida por Jeremy Podeswa, anotadas al vuelo después de la función. La historia es conmovedora y aunque gravita sobre la matanza, la diáspora judía, no es melodramática ni cursi. No me lo pareció. Un niño judío es rescatado por la generosidad de un arqueólogo griego. Vio cómo mataban a su familia y ese recuerdo tan fuerte le enturbia la vida hasta que se encuentra a una mujer maravillosa. Ya es un viejo cuando la ve desnuda en su cama. Le dice, cito de memoria: “Llegaste a mi vida varios años tarde, me da gusto verte”.
A mí, que soy glotón, esta frase me encantó: “Una casa es como un cuerpo, su corazón es la cocina” y, una más, la última, se la dice su hermana muerta para darle una especie de permiso para ser feliz, que implica dar más importancia a la felicidad que al dolor: “El mérito de la madera no es arder, sino flotar”.

***
El maestro y Margarita es la gran novela de Mijail Bulgákov publicada, por la ceguera de su tiempo, cuando éste ya no pudo verla impresa. Murió en 1940 y el libro fabuloso se publicó en 1966. Imposible resumirla. Para lo que quiero contar basta con la simplificación de una de sus tramas. El diablo —Voland— y una pequeña comitiva visitan Moscú. Entre otros, y por complacer a Margarita, conocen al maestro; éste ha publicado una novela sobre Poncio Pilatos. La crítica lo ha hecho pedazos y él ha decidido retirarse de la literatura. El deseo de Margarita, mujer casada que abandona a su marido, después de acompañar a Volant a su baile satánico, es vivir para siempre con el maestro. Los hacen morir y los llevan hasta un lugar del cielo donde hallan a Pilatos sufriendo una eterna culpa por no haber salvado a Jesús (Joshúa en la novela). Voland y Jesús la han leído y ella, la ficción inventada por el maestro, ha puesto a Pilatos en el lugar donde está.
Voland dice al maestro que sólo él puede liberarlo con una frase que cambie su tormento. El maestro dice: “¡Libre! ¡Libre! Él te espera”. Y eso logra el milagro. La literatura, pues, según Dios y el Diablo, en la novela de Bulgákov, transforma, libera, cambia el destino del mundo.

La película Expiación, deseo y pecado (basada en la novela de Ian McEwan) aborda más o menos la misma temática. En ella Robbie (James McAvoy) es acusado y encarcelado injustamente por una violación que no cometió. Su acusadora es una niña de once años, enamorada de él y emponzoñada por los celos: le ha visto haciéndole el amor a su hermana Cecilia (Keira Knightley). Robbie y Cecilia con el paso de los años se convierten en soldado y enfermera; se buscan para vivir juntos y derrotar con su amor las consecuencias que la maldad infantil trajo a sus vidas. La niña crece atenazada por los remordimientos y consagra esfuerzos vanos en la búsqueda del perdón.
Cuando ya es una anciana publica una novela (ya ha publicado una veintena antes), que se llama Expiación, donde cuenta cómo, pese a su mentira, su hermana y su cuñado lograron consumar su amor, vivir juntos. En una entrevista de televisión, sin embargo, confiesa que eso nunca ocurrió: Robbie y Cecilia murieron jóvenes, por desgracias distintas, sin poder volver a verse. La cinta mezcla con sabiduría escenas de la realidad y de la novela, con puntos de vista que no siempre coinciden. Hemos visto cómo ellos se encuentran y luego, cuando la novelista confiesa la verdad, cómo murieron sin encontrarse. “Y por eso —dice la novelista, cito de memoria— quise cambiar su destino; como expiación a mi mentira hice que en mi novela fueran felices”.

Algo así ocurrió con mi novela Mar en movimiento. En ella inventé a un gato, José Cariñito, que me serviría en la trama para un acto específico. El asunto es que se me fue haciendo simpático y ganando páginas, notoriedad. Me di cuenta que el micho podía echarlo todo a perder y decidí matarlo. Justo la noche en que subí a mi biblioteca (vivía en Tuxtla) para su exterminio, más o menos de madrugada, por la puerta abierta entró un gato real: flaco, con pocos pelos y un maullido tembloroso que me asustó.
Me levanté para echarlo y en ese momento me di cuenta que yo había inventado con simpatía a un gato y que iba a tratar mal a uno que tenía una existencia verdadera (y miserable, por lo que podía notarse). Me puse en cuclillas y, en homenaje a mi mamá que usualmente conversaba hasta con las gallinas, le hablé:
—No te subas a mi sillón, porque vas a mancharlo; quédate aquí donde estás, échate.
El minino me vio con su rostro famélico y luego de dos maullidos asmáticos hizo lo que le pedí. Un par de horas después salió arrastrando su lastimosa anatomía.
Al día siguiente, en el desayuno, le platicaba lo anterior a mi mujer y a mi hija; como si lo hubiera invocado, el gato apareció. Mi hija dio un grito al verlo y como se dirigiera a ella, se puso de pie sobre la silla. El gato saltó allí, precisamente, y mi hija, casi en un ataque de pánico —era una niña—, rodeó la mesa y fue a refugiarse en mis brazos. El felino se acomodó y al parecer, según dijo mi mujer que lo espió por debajo del mantel, se quedó dormido.
Terminamos de desayunar. Fui a cepillarme, arreglé mis cosas, di un beso a mis amores y cuando estaba abriendo la puerta de la calle para ir al trabajo, mi mujer me alcanzó y me dijo en un tono de extrañamiento:
—El gato está muerto.
Regresé con ella y la ayudé, creo, a poner en una bolsa el cadáver del extraño animal que decidió, sin aspavientos, ir a morirse en una de las sillas de nuestro comedor. Su muerte silenciosa me dio vueltas en la cabeza todo el día y en la noche, cuando subí de nuevo a escribir mi novela, en honor al gatito anónimo que llegó con nosotros para compartir sus últimos momentos hice que José Cariñito, el micho de mi ficción, no sólo no muriera, sino que viviera feliz en casa de una familia que lo quería.

***
Aunque no todos los gordos son simpáticos ni todos los jóvenes audaces ni todos los viejos sabios, Marcel Proust en el volumen seis (La fugitiva) de su monumental En busca del tiempo perdido (Alianza Editorial, 1998:150) dice: “A partir de cierta edad, nuestros recuerdos están tan enmarañados unos con otros que las cosas que pensamos, el libro que leemos ya no tiene importancia. Hemos puesto algo de nosotros mismos en todo, todo es fecundo, todo es peligroso, y podemos hacer en un anuncio de un jabón descubrimientos tan valiosos como en los Pensamientos de Pascal.”

Ilustración: Manuel Velázquez.
Contactos: hectorcortesm@hotmail.com




lunes, 31 de mayo de 2010

Casa de citas (III)

Hombres que no florecen
Héctor Cortés Mandujano


Una conocida me contó que, cuando joven, tuvo un novio callado, impasible, hierático. No sabía si la quería —su mudez era impenetrable—, así que una noche decidió, “agobiada por los humos del alcohol”, descubrir si el hombre estaba o no enamorado de ella. Compró una botella de somníferos y decidió tomárselos todos; antes del efecto, que podía llevarla a la tumba si él no llegaba para salvarla, y siguiendo su plan chafa, marcó el número telefónico del susodicho.
No contestó, no estaba en casa (eran tiempos a. c., es decir, antes del celular). Volvió a su cuartito y se acostó, la cabeza le daba vueltas; se dio cuenta que podía quedarse dormida y ya no despertar. Regresó a la calle, con paso torpe; marcó de nuevo el número y nada. Volvió a su cuarto otra vez y allí reparó en lo inminente: sentía la lengua dormida y los ojos se le cerraban. Moriría, el tipo se enteraría tarde y ella no podría ver la desesperación que le demostrara palpablemente su amor o su indiferencia.
Como pudo llegó a un hospital:
—¡Sálvenme, me muero!
El doctor le preguntó qué había hecho y ella le entregó el frasquito vacío.
—Vamos a hacerte un lavado de estómago, no vas a morirte, pero ¿por qué lo hiciste?
Ella, con un acceso de llanto, contestó:
—¡Por llamar la atención!

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Charles Boudelaire murió en 1867; dentro de sus certezas no estaba que en el 2010 aún hubiera gente que escribiera tan mal. Anotó en “Del trabajo diario y de la inspiración” (aunque es parte del volumen Pequeños poemas en prosa, yo lo tomé de La jornada semanal 457, 7 de diciembre de 2003): Si se desea vivir en una contemplación tenaz de la obra del mañana, el trabajo diario aportará la inspiración; como una escritura legible sirve para aclarar el pensamiento, y como el pensamiento sereno y potente sirve para escribir legiblemente; porque el tiempo de la mala escritura ya pasó.
En “De los métodos de la composición” dice: Para escribir rápido, es necesario haber pensado mucho, haber cargado un tema con uno, en el paseo, en el baño, en el restaurante, y casi con la amante.
Y en “De las simpatías y antipatías”: El odio es un líquido precioso, un veneno más caro que aquel de los Borgia, porque está hecho de nuestra sangre, nuestra salud, nuestro sueño, ¡y dos terceras partes de nuestro amor! ¡Es preciso ser avaro con él!

***
Consejo del dramaturgo alemán Bertold Brecht, en La excepción y la regla (escrita en 1930): “En tiempos de desorden sangriento, de confusión organizada, de arbitrariedad consciente, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer natural, nada debe parecer imposible de cambiar”.

***
En el terreno que rodea la casa donde vivo (o la mansión que habito, como dice elegantemente el poema de Machado) hay un árbol de nanchi copudo y ramoso; es de una belleza embrujadora cuando le llega el tiempo de florecer: logra unos amarillos delicados y otros rotundos; algunas de sus ramas semejan llamas naranjas y se vuelve en su extensión arbitraria un catálogo de matices coloridos. Es una delicia verlo. Sin embargo, llegada la fecha de dar frutos todo aquel esplendor florido se convierte en casi nada: cuatro o cinco nanchitos estíticos.
Don Rosario, un hombre que nos ayudaba en las labores de jardinería y aseo, me dijo un día que ambos veíamos el árbol hermoso: “Éste da pura flor y ningún fruto, porque es un árbol macho”.
La sabiduría proverbial de los viejos hombres de campo me ha llamado la atención desde niño. Ven un perro enfermo y dicen: “No tarda en morirse”. Ven el cielo: “En la tarde va a llover”. Y así.
No sólo los campesinos, sino también algunos literatos descubren con claridad los géneros arbóreos. Niko Kazantzakis, en La última tentación (Ediciones Lohlé-Lumen, 1973:94) dice: “Un gran granado cargado de frutos se alzaba en el centro del patio y a ambos lados de la puerta erguíanse dos sólidos cipreses, uno macho y recto como una espada, y el otro hembra con sus ramas extendidas y desplegadas”.
Pero mi nanchi, al menos, florece. Kazantzakis hace decir más adelante (p. 267) al hijo de María: “¿Acaso Dios no es todopoderoso? ¿Por qué no obra un milagro, por qué no toca los corazones para que florezcan? Todos los años, para Pascua, toca las cepas, las hierbas y las espinas y las hace florecer. ¡Ah, si fuera posible que una mañana los hombres se despertaran con el corazón florecido!”
Y encuentra Niko en su novela, que debe mucho a la Biblia, el género hasta en elementos impensables (p. 279): “Las aguas viriles del cielo caían para unirse con las aguas femeninas de la tierra”.

***
Oigo por primera vez el CD Cine, de Eugenia León, y cuando llego a su versión de “¿Qué te ha dado esa mujer?” recuerdo dos películas donde la amistad masculina está a un paso del amor homosexual.
La primera, y obvia, es la que da título en este caso a la canción, dirigida en 1951 por Ismael Rodríguez, con Pedro Infante y Luis Aguilar, y la otra De aquí a la eternidad (From here to eternity), de 1953, dirigida por Fred Zinnemann (es súper conocido el beso que en la playa, con trajes de baño, se dan los protagonistas Burt Lancaster y Deborah Kerr, parodiado incluso en Shrek) en donde el soldado Prewitt (Montgomery Clift) es tan amigo de Maggio (Frank Sinatra, quien por cierto ganó un Oscar por esta actuación), que su amistad más parece noviazgo. La muerte de Maggio hace que toque la corneta con el rostro cuajado en lágrimas y se precipite a su dramático final. No llora, en cambio, cuando abandona a su mujer (Donna Reed, quien también ganó Oscar).
Ese sentido de amistad, por cierto, es común en muchas obras de Shakespeare. Hay declaraciones de amor entre hombres en Hamlet (Horacio quiere matarse cuando ve que Hamlet va a morir, y no lo hace porque éste le ordena que no lo haga), en Coriolano Aufidio le dice al que fue su enemigo (UNAM, 1992:388): “Sábete primero que amaba a la doncella con quien me casé; jamás un hombre exhaló suspiros más sinceros; pero ahora que te miro aquí, noble criatura, mi corazón transportado palpita con más fuerza que cuando vi a mi amada convertida en mi esposa trasponer mis umbrales”.
La más contundente es la que hace Basanio a Antonio en El mercader de Venecia (Comedias, Conaculta-Océano, 1999:86). Vean si no: “Antonio, soy casado, y a mi esposa más quiero que a mi vida; pero juro que no te estimo en menos que mi vida, ni que mi esposa, ni que el mundo entero. Lo perdería todo, lo daría todo a este demonio (se refiere a Shylock, el mercader) por salvarte”.
Ilustración: Manuel Velázquez.

jueves, 27 de mayo de 2010

El Canshape (VIII)

·Cacique loco ·Algo personal

La política es un juego en el que pocos son lo que ganan, y muchas veces, también, ganan más los que pierden. Quien se mete en este juego debe saber que en cualquier momento las reglas cambian. Quien era el héroe se convierte en villano, y el don nadie en celebridad.

Seguramente ha escuchado sobre Nabucodonosor II, famoso por conquistar Jerusalén y Judá, y por su monumental actividad constructora en Babilonia, como los jardines colgantes. Pero hay un pasaje en particular que me llama la atención: su locura.
Según se lee en el libro de Daniel, en la Biblia, mientras presumía sobre sus logros, Nabucodonosor es humillado por el Dios de los judíos. El rey pierde la cordura y vive en la selva como un animal durante siete años (algunos lo consideran como un ataque de locura llamado zoantropía clínica).
Y por qué le cuento esto, se preguntará; bueno, porque algo similar ocurre en Tecpatán. Imagínese que el cacique local Jorge Betancourt se volvió loco, y precisamente por el poder. En su enfermizo deseo de seguir haciendo de las suyas no mide consecuencias, y esto seguramente le traerá complicaciones a él, y directamente a su incondicional Elia Casanova Velasco, candidata aliancista a la presidencia municipal.
Que qué ha hecho. Ai le va. Se atrevió a encarar a Neftalí Coutiño López, titular del IEPC en ese municipio, y le exigió que operara a su favor, y como el funcionario se negó, el cacique se las ingenió para que lo corrieran. Imagine que por no acceder a los caprichos de alguien cuya única virtud es tener paga, lo dejen sin trabajo, sobre todo en estos tiempos que la situación está tan complicada.
Pero la cosa no para ahí, también se le ocurrió ir con Tony Bermúdez, delegado del INEGI, para que le diera toda la información recaba en el actual censo y poderla usar a su favor.
Se entienda, entonces, que haga semejantes locuras porque a su candidata sólo la conocen en su casa, o a lo mejor ni ahí, y ni apoyada por los distintos partidos en alianza podrá por su cuenta hacer que su popularidad y la candidatura levanten.
Pero en el caso del cacique loco deberán controlarlo, porque es un peligro para el desarrollo de Tecpatán y para la democracia. Afortunadamente hay funcionarios decentes, como vimos, que no se prestarán a su amañado juego.

***
Hay una canción fabulosa, escrita por Joan Manuel Serrat, que muestra a detalle la personalidad de este tipo de sujetos a los que nos hemos referido, se la comparto a continuación, mas espero pueda escucharla pronto:

Probablemente en su pueblo se les recordará
como cachorros de buenas personas,
que hurtaban flores para regalar a su mamá
y daban de comer a las palomas.

Probablemente que todo eso debe ser verdad,
aunque es más turbio cómo y de qué manera
llegaron esos individuos a ser lo que son
ni a quién sirven cuando alzan las banderas.

Hombres de paja que usan la colonia y el honor
para ocultar oscuras intenciones:
tienen doble vida, son sicarios del mal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Rodeados de protocolo, comitiva y seguridad,
viajan de incógnito en autos blindados
a sembrar calumnias, a mentir con naturalidad,
a colgar en las escuelas su retrato.

Se gastan más de lo que tienen en coleccionar
espías, listas negras y arsenales;
resulta bochornoso verles fanfarronear
a ver quién es el que la tiene más grande.

Se arman hasta los dientes en el nombre de la paz,
juegan con cosas que no tienen repuesto
y la culpa es del otro si algo les sale mal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Y como quien en la cosa, nada tiene que perder.
Pulsan la alarma y rompen las promesas
y en nombre de quien no tienen el gusto de conocer
nos ponen la pistola en la cabeza.

Se agarran de los pelos, pero para no ensuciar
van a cagar a casa de otra gente
y experimentan nuevos métodos de masacrar,
sofisticados y a la vez convincentes.

No conocen ni a su padre cuando pierden el control,
ni recuerdan que en el mundo hay niños.
Nos niegan a todos el pan y la sal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Pero, eso sí, los sicarios no pierden ocasión
de declarar públicamente su empeño
en propiciar un diálogo de franca distensión
que les permita hallar un marco previo

que garantice unas premisas mínimas
que faciliten crear los resortes
que impulsen un punto de partida sólido y capaz
de este a oeste y de sur a norte,

donde establecer las bases de un tratado de amistad
que contribuya a poner los cimientos
de una plataforma donde edificar
un hermoso futuro de amor y paz.

Contactos:
roraquiar@hotmail.com
961 117 3606

lunes, 24 de mayo de 2010

Casa de citas (II)

Caminos cerrados
Héctor Cortés Mandujano

Yo creía, como varios, que Morfeo era el dios del sueño. Ovidio en Las metamorfosis, un libro publicado originalmente en el año ocho después de Cristo, nos aclara que Morfeo es hijo del Sueño y de la Noche y “era el primero y más dulce de los sueños, pero no el rey de ellos como se cree”. [...] Hay otro que toma la figura de bestias salvajes, pájaros y serpientes; los dioses le llaman Icelón, y los hombres, Fobetor. El tercero, que se llama Fantasios, se trasforma en tierra, en roca, en rivera y en toda suerte de cosas inanimadas. Estos tres sueños viven solamente en las moradas de los reyes y nobles; los otros son para el pueblo”.

***
Lo peor que me ha ocurrido con las costumbres salvajes que hay en Chiapas de cerrar caminos por quítame estas pajas fue cuando, por la invitación aceptada de presentar un libro (Yucundo, lamento por una rivera, de Heberto Morales), he sufrido secuestro. Los actos culturales, de pronto, devienen novelas de aventuras.
Se haría en un municipio de célebre estirpe bochinchera. Mi mujer y mi hija decidieron acompañarme. Llegó la hora de la presentación y lo más granado del pueblo estaba allí, con sus mejores galas. La mesa de presentación parecía la última cena (no porque fuéramos cercanos al espíritu, sino por lo numerosos) y uno tras otro fueron desgranando sus discursos: emocionados unos, soporíferos otros, sentimentales dos o tres. Tocó hablar al autor y luego el improvisado maestro de ceremonias agradeció a los concurrentes. Todo parecía terminar en santa paz. No fue así, pues un grito hizo que aquello se volviera un pandemonium:
—¡Ai viene un grupo de enmachetados!
Como en un ballet ensayado, un grupo de personas corrió hacia la puerta (algunos lograron salir) y logró poner el candado antes de que los machetes comenzaran a estrellarse contra el hierro de la puerta. Clan, clan, clan. Las voces de los hombres armados, ensombrerados y con la cara cubierta con paliacates eran ininteligibles, porque dentro se mezclaban con gritos masculinos que los intentaban llamar al orden, rezos desesperados de las mujeres y previsible llanto de niños que, sin entender el asunto, olfateaban el peligro.
Allí estábamos encerrados, detenidos, secuestrados por esos hombres que no parecían entender que aquello era un acto para celebrar la aparición de una historia de ficción que, en su caso, sólo quería acercarse a la realidad a través de la palabra. De nuevo los hombres de acción contra los hombres de ideas, los machetes contra el libro. Ah, historia tan repetida. “Pero nosotros no somos de aquí, a nosotros no nos van a hacer nada, ¿verdad?”, me dijo mi mujer con una voz cercana al llanto. No le contesté. Suponía que si lograban tirar la puerta —clan, clan, clan— no iban a pedir credenciales antes de lanzar el tajo. Los de machete no estaban, evidentemente, buscando una discusión intelectual.
Llevé a mi hija (era una niña en aquel entonces) y a mi mujer al fondo del salón, y me acerqué a un escritor de la localidad.
—¿Por qué hacen eso, van a matarnos?
—Son los tapacaminos —me dijo él, muy tranquilo—, siempre andan en bola y con machete. No van a poder entrar, nomás hacen ruido.
Clan, clan, clan.
—¿Y qué quieren?
—Hablar con el presidente del comisariado ejidal.
—¿Cómo?
—Sí, es que se enteraron de que aquí estaba, en este evento.
—No entiendo.
—Lo andan buscando, porque quieren platicar con él.
—Lo que no entiendo es por qué hacen esto. ¿No podían haber hecho una cita para verlo en su oficina?
—Tal vez sí, pero es que estos actúan así, al chingadazo.
—¿Y dónde está el hombre que buscan?
Movió la cabeza, lo buscó por entre la viejecita que, arrodillada, le pedía misericordia a Dios; detrás de los tres niños que ya habían organizado un concierto llorón; frente al hombre que sin ver la tempestad le gritaba “Animales” a los enmachetados, en fin, por entre los que se movían y hablaban, rezaban, gritaban, mientras —clan, clan, clan— los otros, impertérritos, continuaban con su tarea de dejar caer los machetes sobre la puerta.
—No está, yo creo que logró salir.

El hombre buscado había salido. Negoció con ellos, afuera, para que nos dejaran libres. Quién sabe por qué los sombrerudos decidieron hacernos una valla. No fue muy tranquilizante pasar por entre ellos (sus ojos inexpresivos nos veían con fijeza), pero sí fue bueno estar afuera, ya, rumbo al coche.
—¿Adónde van? —me dijo al alcanzarme uno de los organizadores—, hay una cena especial para ustedes.
Volví la vista hacia mis acompañantes.
—¿Quieren ir?
Las dos me dijeron sin asomo de dudas.
—No queremos cenar, queremos irnos a la casa.
Y donde manda capitán...

***
El famoso libro Cartas a Theo, que contiene las misivas, algunas muy breves, que Vincent Van Gogh escribió a su hermano ha sido parodiado brillantemente por Woody Allen en su colección de relatos y obras de teatro Sin plumas (Tusquets, 1976). Con el larguísimo título “Si los impresionistas hubieran sido dentistas (una fantasía que explora la transposición de temperamento)” Allen escribe, en tono cómico, las cartas que Van Gogh hubiera escrito si, en lugar del gran pintor que fue, hubiera sido dentista. En ésta se refiere a las razones por las que se cortó una oreja (p. 163): “Querido Theo: Sí, es cierto. La oreja que venden en Fleishman y Hermanos es mía. Ya sé que he cometido una estupidez, pero quería regalarle algo a Clara por su cumpleaños el sábado último y estaba todo cerrado. Oh, en fin. Hay veces que hubiera querido haberle hecho caso a papá y ser pintor. No es que resulte muy emocionante, pero se lleva una vida metódica. Vincent”.

***
Pese a las historias sobre la cotidianidad oriental que parecen anular a la mujer, volverla objeto, los chinos en sus ideogramas, que es su modo de escribir, dan a las mujeres sólo significados positivos. Carlos Prieto (Cinco mil años de palabras, Fondo de Cultura Económica, 2005:229) dice: “La palabra bueno (o ser bueno) consta de dos caracteres. El primero, , significa mujer; el segundo, zi, niño o niña. El ideograma representado por mujer y su hijo significa, pues, bueno, o ser bueno, o bien. La palabra paz se escribe con el carácter mujer bajo un techo”.

Ilustración: Manuel Velázquez.

Contactos: hectorcortesm@hotmail.com